viernes, 8 de febrero de 2019

126. Emperatriste

En el gabinete de comunicación trabajan unas treinta personas. Y si sus nombres reales no son "¿qué tal te va?", "encanto" o "campeón", entonces no tengo ni puta idea de cómo se llama ninguno. Mi interés por ellos es menos que nulo. Bueno, excepto la chica que curra a mi izquierda.

Soy una persona realista, lo que significa que no me hago ilusiones con respecto a lo que la raza humana es capaz de ofrecer. Pero a veces una encuentra un diamante enterrado en la arena. En cuanto la conocí, supe de inmediato que era única. Porque juro por mi vida que jamás había conocido a una persona tan increíblemente...coñazo.

Supongo que tiene nombre, pero yo la llamo la Emperatriste. Porque es la jodida monarca de Villatristeza. Ese lugar donde uno sufre por la vida, los hombres, el clima, los periquitos y cualquier puta nimiedad que pasa a convertirse en un drama épico. Que cada cual con sus estupideces, pero eso, son suyas. Que a mí no me interesan una mierda los lloriqueos de una pija petarda.

Por desgracia la Emperatriste debe pensar que su dolor es un tema fascinante digno de ser compartido. El día que llegué creo que tardó diez minutos en contarme su triste vida, en bucle y con voz monótona. Me dijo que todos en la ofi la odian. Y de verdad, ahí no puedo culparlos.

Lo bueno de haberme cruzado con tantos gilipollas en la vida es que he desarrollado un mecanismo de defensa que hace que ni siquiera me afecten estas cosas. Soy capaz de mover la cabeza al compás y meter muletillas de apoyo sin escuchar una palabra de lo que me están diciendo.

El problema es que hoy no me he tomado el café y estoy de un humor de perros. De modo que cuando me interrumpe para contarme por enésima vez sus problemas con un tío que según ella la trata fatal, lo que hace que no quiera seguir viviendo, me veo en la obligación de, esta vez sí, hacerle caso y darle uno de mis más sabios consejos.

- Prueba a cortarte las venas - le sugiero - Si fallas, demostrarás que el problema no son los otros sino tú, que eres una puta fracasada. Y si tienes acierto...¡yupi! Todos ganamos.

Los ojos se le llenan de lágrimas, pero bueno, ese es casi su estado natural. Se levanta, tropieza con la silla y se marcha al cuarto de baño. No regresa en todo el día.

Siendo sincera, me olvido de la Emperatriste gran parte de la jornada, disfrutando de la maravillosa tranquilidad que se respira. Pero a media tarde, una idea empieza a rondarme por la cabeza. ¿Y si lo que le he dicho le ha afectado tanto que realmente intenta quitarse la vida?

Joder, sería la hostia. Por favor, Dios. Permite que ese sea mi superpoder.





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