Cada día que pasa me pongo más creativa con Raúl en cuestión de sexo. Creo que lo hago por un temor inconsciente a estarme domesticando. A convertirme en una persona normal, que hace cosas normales. Dios no lo quiera, incluso podría acostumbrarme a sonreír a diario. Y eso me asusta.
Comenzamos follando en todos los rincones de la casa. Luego paso a convencerle de que lo hagamos en su ascensor. Lo siguiente, en el baño de un restaurante. Y termino masturbándole en el cine, mientras vemos una película Disney rodeada de niños. Sí, soy lo puto peor, no me estáis descubriendo nada nuevo.
¿El problema? Que el capullo de Raúl está de acuerdo con todo. Le divierte. Le pone cachondo. Y así no hay manera. Lo que yo quiero en realidad es dominar la situación y que él pase un mal rato. Eso me pasa por salir un tío que parece normal pero en el fondo es un malote de cuidado.
Empiezo a estar jodidamente frustrada con ese asunto. Por eso cuando de camino a su casa, por la noche, pasamos por un parque, se me enciende una luz y lanzo una idea loca.
- Hagámoslo - ordena el demonio interior que llevo dentro
- ¿Aquí? ¿Al aire libre?
La verdad es que lo dije un poco por decir, pero escuchar ese titubeo en su voz me pone como una moto. Está claro que tengo problemas mentales y que debería ir a un psicólogo. A uno de verdad, quiero decir.
Por primera vez en toda nuestra puta relación veo a Raúl tenso y nervioso. Se lo está pensando, así que meto la mano por dentro de sus pantalones para darle un pequeño incentivo. Gracias, cerebro, puedes apagarte un rato que ya seguimos sin ti. Y funciona.
Me medio arranca la ropa. Que en las películas queda muy guay, pero adoraba esa jodida camisa. Raúl, más te vale que sepas coser botones o estás muerto, hijo de puta.
Follamos detrás de unos arbustos. Gimo y grito y me dejo llevar tanto que cuando unos dedos masculinos me tocan la espalda estoy a punto de comerle la boca a su dueño, hasta que me doy cuenta de que no es un espontáneo, sino un policía. Mi policía. Adrián.
Raúl y él rivalizan sobre quién de los dos se pone más colorado. A Adrián le cuesta articular palabra, pero entre sus tartamudeos creo entender que nos está dejando marchar. Ninguno de los dos es capaz de levantar la vista, y mucho menos mirarme a los ojos. Es una situación dantesca y algo humillante. Y lo peor es que me siento más yo de lo que me he sentido en mucho tiempo.
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