Después de lo intensos y desastrosos que han sido los últimos días, es hora de tomármelo con más calma y retomar la senda de la normalidad...sea lo que sea eso. La idea es buena, pero no cuento con la fauna que me rodea y su habilidad para sacarme de quicio.
Primero Tania se empeña en invitarme a un café para disculparse por lo de ayer. Ya de por sí no me apetece nada, pero es que además la conversación termina derivando en que se ha comprado un tipi indio en una subasta y que no sabe dónde ponerlo. Señor, dame paciencia.
Por la tarde me dirijo a la consulta de Héctor decidida a hablar de mis problemas. Los míos. Pero entonces veo a los ucranianos apostados en la puerta y opto por dar media vuelta. En algún momento tendré que resolver ese problema, lo sé. Pero no hoy. No estoy de humor.
Al menos siempre me quedará Alberto. Es azul marino. Agradable, transmite paz y se puede confiar en él. Lo malo es que es un color que resulta demasiado soso. No incita a la pasión y en última instancia es fácil de olvidar y abandonar. Aunque no se lo merezca.
Me saca a cenar a un buen restaurante e incluso lograr hacerme reír con alguna de sus payasadas.
- Eres muy buena persona - le digo
- Gracias
- No, no era un cumplido. Eres demasiado buen tío, Alberto. Y aunque tendría que sumar puntos, este mundo es tan jodidamente retorcido que eso es malo. A la gente como tú se la meriendan
Sé que suena borde, como todo lo que yo digo, pero afortunadamente Alberto entiende que es mi manera de decir que me preocupo por él. Me da las gracias, pero dice que se arriesgará a seguir siendo como es. Justo lo que me temía. Pobrecito, qué chungo veo su futuro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario