viernes, 4 de enero de 2019

27. Mens sana

Resaca. Sueño. Resaca. Sueño. Resaca. Sueño. Y así podría seguir hasta el infinito.

Al menos hasta que a las nueve de la mañana (una hora que debería estar prohibida por ley los sábados) el cabrón de Alberto llama a mi puerta para recordarme que le prometí acompañarle a hacer jogging. Me cago en su puta madre.

Intento gritarle que se vaya, pero lo que me sale es una especie de gruñido a medio camino entre un oso salvaje y la niña del exorcista. Y entonces Alberto abre la puerta, llega hasta mi cama y comienza a zarandearme suavemente para que me levante de una vez. Ya sabía yo que lo de darle una copia de la llave iba a ser una mala idea.

- Venga, perezosa, hora de ponerse en pie
- Te enseño las tetas si te vas - le propongo
- Lo siento, pero no pienso moverme a menos que tu oferta incluya sexo
- Si eres capaz de hacerlo sin despertarme, trato hecho

Al final, tras diez minutos de tira y afloja, termino aceptando que el plasta de mi vecino no me va a dejar dormir la mona en paz, así que me levanto, le saludo con un par de obscenidades y me meto en la ducha. Una hora más tarde estamos en el puto parque, corriendo como gilipollas.

¿Saben eso que dicen de que el ejercicio es sano? Una puta mierda. Acabo con unas agujetas terribles, ganas de potar y la sensación de que no merece la pena vivir. Pero en una cosa tenía Alberto razón al afirmar que el ejercicio iba a cambiar mi vida: por primera vez en no sé cuánto tiempo, no salgo de fiesta un sábado. Me duele todo y soy incapaz de moverme. 

Definitivamente debí aceptar su oferta y dejar que me follara.



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