viernes, 4 de enero de 2019

80. La hermanita perfecta

Mi hermano es peor que una enfermedad venérea y quiero librarme de él lo antes posible. Por eso continúo haciendo el papel de la perfecta anfitriona. Todo con tal de que se largue de una puta vez.

Me levanto pronto y preparo el desayuno. Bueno, lo intento. La leche está caducada y mis tostadas parecen de origen etíope teniendo en cuenta el color que se les queda. Cocinar es una mierda. Así que me toca salir de casa en silencio, ir al restaurante de la esquina, pedir unos sandwiches mixtos y regresar a tiempo para ponerlos en un plato y que parezca que los he hecho yo.

Por suerte, cuando vuelvo Rod aún sigue durmiendo. Anoche llegó muy tarde a casa. No sé si se fue a la iglesia a rezar el rosario o dónde cojones se metió. Pero yo ya estaba acostada y no tuve que verle. Eso, para mí, ya es suficientemente bueno. No necesito saber más.

Finalmente se despierta y charlamos un rato. Le pregunto qué tal están Sora (su mujer) y sus dos pequeños angelitos... esos a los que llamo así porque, sinceramente, no me acuerdo cómo coño se llaman mis sobrinos. Están todos bien. Guay. ¿Te enseño fotos? Claro. Y toda esa mierda.

Me toca tragarme su mitin sobre lo bien que le marchan las cosas. Los críos son una especie de niños prodigios, su mujer es una reputada marchante de arte, a él acaban de ascenderle en la empresa de finanzas... Qué bonito, qué fantástico. Hago esfuerzos para controlar las arcadas.

Le digo que tengo que irme a currar. Mi hermano me coge de la mano, mientras me mira a los ojos.

- ¿Sabes? A juzgar por lo que he visto en estos días, yo diría que has logrado enderezar tu vida
- Gracias. ¿Significa eso que te irás pronto?
- No. Significa que he de esforzarme más por desenmascararte. A mí no me engañas, Tessa

Es definitivo: necesito conocer las tarifas de Luca. Urgentemente.


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