viernes, 29 de marzo de 2019

175. Trileros

Svetlana mueve el culo con elegancia y entra en la cara suite de hotel que ha alquilado Bartok. Claro que ese trasero no le pertenece a ella sino a una servidora, haciendo su mejor imitación de la prostituta rusa a la que acaba de dejar k.o. en otro establecimiento en el extremo opuesto de la ciudad. A ver, no soy Meryl Streep, pero sinceramente creo que doy el pego.

También ayuda que Bartok sea nuevo en la ciudad y no conozca personalmente a Svetlana, porque si no, por muy interesado que esté en mis tetas, quizás acabaría dándose cuenta de que he menguado más de diez centímetros. ¡Joder, qué culpa tengo yo de que esa hija de puta tenga unas piernas tan largas!

Vayamos por partes. El colega es el nuevo jefe de la mafia rusa, al que han enviado para que ponga orden en la ciudad. Que si todo sale como queremos, a lo mejor el pobre termina la semana de vacaciones de verano perpetuas en un gulag siberiano. Es lo que tienen los señores del crimen, que si te mandan a que saques más pasta y en tu primera semana resulta que te desvalijan, pues como que no se lo toman muy bien.

En cualquier caso, Bartok es nuevo por estos lares, que es el principal motivo por el que había que dar el golpe ya. Y como regalo de bienvenida la pandilla le había mandado a nuestra querida Svetlana, que aún debe dormir el sueño de los justos (los justos a los que le han soltado una señora descarga de taser). Si los grititos histéricos de Javier aún no la han despertado, claro está.

Pues ya pillan el panorama, ¿verdad? Total, que entro en la habitación y el muy hijo puta, que supongo que va en el cargo, primero me cachea y luego me pide la identificación. Suerte que en los carnet de identidad no ponen datos como la altura, sólo una foto que no resulta tan difícil de falsificar. Dadme algo de crédito, si llevo desde los 15 años entrando en todo tipo de bares con documentos falsos, es que controlo un poco el tema.

El jefazo ruso empieza a manosearme el culo, y por un momento estoy tentada de soltarle una ostia con la mano abierta. Luego recuerdo que están en juego unos cincuenta millones de euros y decido que mi dignidad no vale tanto. Follar no voy a dejar que me folle, pero unos toqueteos pase.

Me lo quito de encima con oficio mientras le ofrezco algo de beber. Copa de champán con somnífero, lo llaman. Prácticamente se la meto por la garganta. Cuando antes lo deje fuera de circulación, menos ganas tendré de romperle las manos para enseñarle a estarse quietecito.

Bebe un trago. Dos. Tres. La puta copa entera. Una segunda copa. Y el muy mamonazo sigue en pie. Esto es lo malo de tratar con peña que viene de un país cuyo mandatario caza osos con las manos desnudas, que esta gente está hecha de otra pasta. Adiós al plan A, hora de pasar al plan B.

Le digo que se vaya desnudando y metiéndose en la cama, que voy al baño y vuelvo en un momento. Entre jijis y jajas le pillo la tarjeta de crédito y me encamino al lavabo, confiando en que la ventana sea tan grande como imaginamos y que yo no haya perdido flexibilidad con el paso del tiempo. El otro día con Nico comprobé que aún soy capaz de hacer ejercicios de contorsionista muy guapos, así que por ese lado no debería haber problemas.

No, el problema es otro, y bastante más serio. Que el Bartok de los cojones no se fía ni de su sombra y antes de que pueda encerrarme en el baño me agarra por la muñeca con fuerza. No en plan "juguemos a atarte" sino más bien "juguemos a sacarte todos los dientes de un puñetazo".

- ¿Creías que no iba a darme cuenta? - grita

Yo intento hacerme la tonta, pero tira de mis dedos con fuerza, obligándome a abrir la mano, lo que hace que su tarjeta de crédito caiga al suelo.

Supongo que es hora de pasar al plan C, que consiste en impedir que me reviente a patadas, así que me dejo los pulmones gritando "socorro". Chillo tanto que un tipo de seguridad entra en la habitación antes de que Bartok haya tenido tiempo de comenzar a interrogarme. Ahora mismo lo único que me interesa es salir de la habitación con mis 20 dedos intactos. Qué puedo decir, llevan toda la vida conmigo y les tengo mucho cariño.

- ¿Qué está pasando aquí? - pregunta el recién llegado
- Nada, no es de su incumbencia - responde Bartok
- Nada mis ovarios. ¡Este carnicero iba a pegarme una paliza!

Bartok y el tipo de seguridad se miran. Luego éste fija su mirada en mí y niega con la cabeza.

- No me jodas, Svetlana. ¿Ya estaban intentando robar a otro cliente?

Creo que a estas alturas ya podemos dejarle de llamar "tipo de seguridad" y referirnos a él como Héctor, ¿verdad?

- ¿Qué quiere decir? - pregunta el ruso, picando el anzuelo
- Aquí la criatura ya ha desvalijado a media docena de tíos. Le tenemos prohibida la entrada al hotel, no sé cómo ha conseguido burlar nuestras medidas de seguridad. Le pido disculpas

Me pone unas esposas, se pone unos guantes de plástico y se acerca a la copa de champán. La huele y hace un gesto triunfal.

- Justo lo que imaginaba, la copa tiene algún tipo de veneno. Es increíble que todavía siga en pie, creo que debería ir al hospital a hacerse una revisión. Mientras, yo me voy a llevar a ésta derecha a comisaría

Héctor se dispone a sacarme a la fuerza de la habitación cuando me vuelvo, miro a Bartok a la cara con rabia y las palabras me salen del alma.

- Eres un cerdo y un cabrón. Ojalá se te caiga la polla a cachos

¿Cómo responde él? Me escupe. Me escupe en la puta cara. Porque Héctor me tiene bien sujeta, que si no me abalanzaba sobre él y le clavaba las uñas en los huevos.

Aunque su reacción sea exactamente la que pretendíamos.

Veréis, su tarjeta de crédito nunca fue el objetivo de la operación. ¿Para qué coño íbamos a quererla? El dinero no está en su cuenta personal. Ni siquiera nos sabemos el puñetero pin. Con suerte le habríamos podido cargar compras por valor de unos miles de pavos.

Lo que veníamos buscando era su tarjeta de acceso al almacén que sirve de cuartel general a los rusos. Es lo que tiene que pilles a alguien intentando afanarte la tarjeta de crédito. Que ya no te preguntas si mientras no mirabas (como nada más entrar, mientras le acariciabas el culo) te ha robado alguna otra cosa. Es el abc de los trileros, desviar la atención de lo verdaderamente importante.

Por favor, ¿de verdad pensabais que soy tan torpe como para que alguien me pille quitándole una tarjeta de crédito si no es porque yo quiero que lo haga?

Claro que la tarjeta de acceso sola no vale para nada. Estos rusos tienen unas medias de seguridad de la ostia, como huellas dactilares e incluso escáner de saliva.

¡Uy, mira! Huellas como las que hay en la copa de champán y saliva como la de su puto escupitajo. Qué suerte la nuestra, ¿no?

Guardamos su adn lleno de rencor y nos largamos de allí a toda prisa. Bartok ahora mismo aún está concentrado en su tarjeta, pero no tardará en atar cabos. Tenemos que completar el resto de la operación en la siguiente hora o estaremos jodidos.

Al salir del hotel Héctor me quita las esposas y sonríe.

- Sabes que había otras maneras de conseguir su saliva, ¿verdad?
- Ninguna que estuviera dispuesta a consentir - replico de mala leche ante su provocación

Fase dos completada. Una más y seremos ricos. O historia. En cualquier caso, en nuestro siguiente movimiento todo acaba. Para bien o para mal.






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