lunes, 4 de marzo de 2019

150. Día de boda

Llegó el gran día. Aquí estoy, monísima de la muerte, agarrada del brazo de mi novio, a punto de descubrir si aún se me permite entrar en las iglesias o si voy a empezar a arder en cuanto ponga un pie dentro.

Decepcionantemente las estatuas no empiezan a llorar sangre, así que me va a tocar aguantar el coñazo de ceremonia, contando los minutos hasta que finalmente podamos empezar a beber. Raúl y yo nos sentamos en las últimas filas, intentando pasar lo más desapercibidos posible.

Apenas conozco a nadie y a los que sí, preferiría no conocerlos. Paolo y Clara me echan una mirada asesina y Sergio tampoco es que parezca muy feliz de verme. Sólo la pobre Raquel me saluda tímidamente. Me desenvuelvo bien en ambientes hostiles, pero esto pasa de castaño oscuro. Hoy son todos color iros a tomar por culo y dejadme en paz.

Raúl me aprieta la mano y me pregunta si estoy bien. ¿Qué coño le contesto? ¿Que me está tocando tragarme mi orgullo y ver cómo se casa una petarda a la que odio con un tipo que hace poco bebía los vientos por mí? No me gusta perder ni al puto parchís, así que está claro que no, no estoy nada bien. Pero toca joderse y pasar página, no queda otra. Así que me encojo de hombros y me espatarro en el banco, confiando en que la tortura acabe pronto.

Comienza la ceremonia. Bea va vestida de blanco, con cara de niña buena, lo que contrasta con cómo gritaba obscenidades en su famoso video. Recordarlo me hace soltar una pequeña carcajada que sólo consigue que media iglesia se vuelva hacia mí. Puta acústica.

La verdad es que se la ve feliz. Y a Alberto también. Supongo que eso es lo importante, y no lo que piense una tipa con evidentes taras emocionales. Por un momento incluso me alegro por ellos. Pero entonces me viene un repentino pensamiento a la cabeza.

"Nada de lo que digas sobre Bea me hará cancelar esta boda". Esas fueron las palabras exactas de Alberto. No "nada de lo que digas me hará cancelar esta boda", sino "nada de lo que digas SOBRE BEA".

Tengo una revelación. Ostia puta, había una manera de detener toda esta mierda. Joder, lo tenía delante de las narices y fui incapaz de verlo. Y ahora es demasiado tarde.

O no.

De repente me escucho a mí misma rogándome mentalmente "por favor, no lo hagas", "por favor no lo hagas", "por favor no lo hagas".

Pero lo hago.

A diferencia de lo que ocurre en las películas, en la vida real en las bodas el cura nunca dice eso de "si alguien tiene alguna razón para que no se casen, que hable ahora o calle para siempre". Lo que sería un pie de entrada maravilloso para mi intervención. Pero no, me temo que voy a tener que hacerme notar por mis propios medios.

Miro a Raúl. Miro a Alberto. Suspiro, preguntándome si sé lo que estoy haciendo. La respuesta, obviamente, es "por supuesto que no". ¿Pero cuándo me ha detenido eso antes?

Levanto la mano y pido la palabra, al tiempo que carraspeo, para llamar la atención del sacerdote y, de paso, de todos los presentes. It's showtime.

- Eh...sé que no es el mejor momento para decir esto...

No lo hagas. No lo hagas. No lo hagas. Cierra la puta boca.

- ...pero Alberto, si he intentado evitar que te cases es porque estoy enamorada de ti

¿Es cierto? Ni de coña. Aunque me cae bien, sexualmente hablando me pone más el cura, pese a sus ochenta años, que él. Pero la bomba funciona. A partir de ahí todo sucede muy rápido.

La clave está en la cara de Alberto. En cómo le brillan los ojos al escuchar unas palabras que nunca pensó que saldrían de mi boca. Yo lo veo, pero lo más importante es que Bea también lo ve. Y esto, queridos míos, significa que esta boda jamás se celebrará. Lo había enfocado mal. No tenía que lograr que él cancelara el enlace, sino ella.

Tal y como imaginaba, la novia abandona el altar a toda prisa, ante el murmullo generalizado, mientras un paralizado Alberto no sabe qué hacer, si ir detrás de ella, detrás de mí o lanzar una bomba de humo y largarse de ahí. En cualquier caso, por mi parte, misión cumplida.

Sólo que ahora me toca lidiar con las consecuencias de lo que acabo de hacer. Oh, sí, sabía perfectamente que no me iba a ir de rositas. Y no me refiero a las miradas de odio de los familiares de la novia o al hecho de que he perdido cualquier oportunidad de reconciliarme con el grupo de amigos de Alberto. Eso en realidad me importa una puta mierda. Hablo de Raúl.

En medio de la confusión me mira con expresión de profunda tristeza, se levanta y se marcha sin decir una palabra. No estoy segura de si sabe que en realidad no siento lo que he dicho, pero creo que en realidad no importa. La de Alberto y Bea no es la única relación que ha muerto hoy.

Me desconecto de la situación. Sé que hay caos y gritos. También recibo algunos insultos, aunque no sé de quién ni me importa. Me quedo sentada, con la vista perdida y me abstraigo de todo. Para cuando vuelvo en mí, ha pasado una hora y estoy sola en la iglesia. Y en la vida.

Enhorabuena, Tessa. Acabas de joder la felicidad de mucha gente, incluida la tuya, sólo porque tenías que demostrar que eres más chula y más lista que nadie. Lo peor de todo es que me siento jodidamente mal, pero no arrepentida.

¿Ven? Les advertí que al final acabarían teniendo motivos para odiarme.



No hay comentarios:

Publicar un comentario