lunes, 25 de marzo de 2019

171. Últimas copas

Lo malo de la delincuencia internacional es que al parecer no es del todo recomendable ir diciéndole a la gente lo que vas a hacer o a dónde te vas a fugar con el dinero, por si acaso luego aparece la poli o los mafiosos y terminan yéndose de la lengua. Que todo el mundo dice que sabe guardar un secreto hasta que le amenazan con diez años de cárcel o con sacarle los ojos con unas tenazas. 

Soy consciente de que no debo levantar sospechas. Un día estaré y al día siguiente no, punto. Lo malo es que no le puedo hacer eso a Irene y a César. Se han portado de puta madre conmigo. Me han invitado a formar parte de sus vidas. Por no hablar de que también me han invitado a copas, viajes y toda clase de ridículos lujos que me han hecho más llevadera mi mierda de vida.

Por eso aprovecho que es sábado para quedar con ellos y corrernos una última juerga por todo lo grande. Necesito despedirme y darles las gracias por todo. Eh, sólo soy una cabrona insensible con la gente que se lo merece.

Cuando llego a la mansión de Irene, César ya está allí. A veces me da la sensación de que es parte de la decoración. Pero no lo digo como una crítica. Adoro a esa marica loca.

- ¡Elegid el sitio que más os guste, que hoy invito yo a las copas! - anuncio, espléndida
- Yo adoro el Richmond - sugiere Irene - Aunque cada botella de vino vale unos 300 euros
- Esto... ¡elegid un sitio que no os dé mucho asco y en que el garrafón no sea muy chungo, que hoy invito yo a las copas!

Irene se lleva las manos a la cara mientras César se echa a reír.

- Ya invito yo, cariño - dice sin retintín - Haz el favor de ir a la caja fuerte que está detrás del cuadro y coger algo de efectivo. Te acuerdas de la combinación, ¿verdad?

Como para no acordarme. 2000. Según ella, el año en el que nació. Según mis cálculos, el año en el que se hizo el primer retoque en la cara. Pero una no le lleva la contraria a las amigas. Y menos a las que son ricas y acaban de ofrecerse a pagar todas las consumiciones.

Meto la mano en la caja fuerte y, casi sin mirar, saco un fajo de billete. Prefiero no saber qué hay dentro. Es un hueco grande de narices y aún así está a reventar. Estoy seguro de que si algún día Irene se decide a hacer inventario, acabará encontrando entre sus cosas el Arca de la Alianza.

Pero, más allá de las clases sociales, somos simplemente tres amigos decididos a pasarlo bien. Tres amigos que van en limusina con chófer particular y que cuentan con el reservado más exclusivo en todos los locales, sí, pero eso son detallitos sin importancia.

Bebemos, contamos historias y nos reímos mucho de nosotros mismos. Bueno, en realidad me río yo de ellos, pero lejos de molestarse, parece que mi particular y barriobajera forma de contar las cosas les hace gracia, así que todos contentos. Ahora en serio, son gente magnífica y los voy a echar mucho de menos.

Eso lo digo en voz alta, lo que hace que se alarmen. Sobre todo Irene.

- Cielo, ¿te ocurre algo? ¿Estás enferma? - me pregunta preocupada. Sospecho que tiene la teoría de que la gente sudorosa de los garitos que frecuento dan cáncer
- No, no. Es sólo que bueno, nunca se sabe qué nos deparará el mañana. Y por si acaso me apetecía deciros lo mucho que os quiero

¿Veis? Ese es el problema de ponerte ñoña. Que de repente los dos al unísono hacen un molesto ruidito, como un "ohhhh" y de inmediato sienten la necesidad de abrazarme. Intento apartarles, sacando los codos, pero al final me rindo a la evidencia: a mi también me apetece achucharles.

Y así permanecemos. Cinco putos minutos. Menos mal que el resto de gente que conozco no pisa estos clubs de lujo, porque si no hoy mi reputación de tía dura se habría ido a la mierda.



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