Hay pocas cosas que me sorprendan ya en esta vida. Si de repente se descubriera que los putos reptialianos existen y que verdaderamente caminan entre nosotros, ni quisiera me veríais pestañear. Llevo acumuladas suficientes horas en garitos nocturnos de mala muerte como para haberme cruzado con toda clase de bichos.
Así que prácticamente estoy preparada para todo, menos para ver cómo mis progenitores me hacen ¡una videollamada! Que se pongan en contacto conmigo ya resulta raro, pero que usen tecnología del siglo XXI está más allá de toda lógica. Joder, si mi viejo aún añora el telégrafo.
Sólo se me ocurren dos motivos para que quieran hablar conmigo: que se haya muerto algún miembro de la familia o que mi padre haya descubierto que le birlé la tercera tarjeta. Por favor, que sea lo primero.
Sin embargo, me equivoco. Hay una tercera posibilidad, como descubro nada más descolgar.
- ¡Cariño! - grita mi madre, tan feliz que me pregunto si estará drogada, y en tal caso qué pastillas consume - ¿Qué tal va ese embarazo?
¡Ostia puta, es verdad! ¡Aún no lo saben! La verdad, ni se me había ocurrido llamarles para contarles lo de la falsa alarma.
- Creo que os alegrará saber...
- Tessa, te he abierto una cuenta corriente para el cuidado del bebé - me interrumpe mi padre
- ...que el embarazo no podría ir mejor
Les dedico mi mejor sonrisa. Si la videollamada es porque quieren ver cómo resplandezco, quién soy yo para negárselo. No tienen por qué saber que el brillo de mis ojos lo motiva el dinero y no lo de ver cómo se me hinchan las tetas por culpa de un mocoso en construcción.
- Sabes que desapruebo tu estilo de vida - me sermonea el viejo - Y cuando tu madre me dijo que estabas en estado puse el grito en el cielo y dije cosas sobre ti. Cosas que aún pienso. Pero lo que llevas en el vientre es mi nieto, y no voy a permitir que le falte de nada sólo por tener a una cabezahueca como madre
- Gracias, papá. Pero no necesitaba tu limosna, puedo mantenerme sola.
- Si no quieres el dinero...
- Yo no he dicho eso. Me siento muy ofendida, pero me tragaré el orgullo por el bien de mi pequeñín. Lo que me lleva a preguntar, sólo por curiosidad, ¿cuánto dinero has ingresado?
Me dice la cifra y me quedo sin respiración. A ver, debería sentirme cabreada por valer tan poco para él mientras que a un crío al que todavía no ha visto (ni verá, básicamente porque no existe) le está soltando pasta como si no hubiera mañana. Afortunadamente el dinero siempre me pone de buen humor, lo suficiente como para que me dé igual a quien vaya dirigido siempre y cuando acabe dentro de mis bolsillos.
Charlo con ellos unos minutos más. Se lo han ganado. Prometo que estoy cuidando mi alimentación, mientras sutilmente me alejo de la zona del piso donde están las bebidas alcohólicas. Antes de colgar incluso les mando muchos besos.
Sí, ya sé que si les robamos a los rusos esto sólo será calderilla, pero qué puedo decir, soy avariciosa. Y no está de más tener un plan B por si las moscas.
Ahora sólo tengo que preocuparme por saber cosas como a qué ritmo crece la barriga, en qué mes sabes el sexo del bebé o esas mierdas en las que no quiero arriesgarme a que me pillen.
Enhorabuena, hijo imaginario. Parece que tú y yo vamos a estar muy unidos los próximos meses.
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