Por lo general me encanta traer a Amanda al parque, pero tal y como están las cosas, lo de pasarme el día rodeada de carritos de bebés como que parece una puta broma de mal gusto.
Ya que estoy aquí, decido aprovechar el tiempo y conseguir un poco de información de primera mano. Sé que existe la creencia de que todas las mujeres tenemos instinto maternal, pero es una gilipollez como una catedral. Eso y lo del reloj biológico. Si ya odio los putos despertadores, como para sentirme atraída por una paranoia mental que se supone que me avisa de que ya se acabó lo bueno de la vida y que me toca empezar a pagar mi penitencia por haberme divertido en exceso.
Oteo el horizonte, descarto a las empleadas de hogar de dudosa situación legal y me fijo en una veinteañera que, por el modo en que sonríe mientras coge a un crío diminuto, hundiéndole la nariz en su barriga y haciendo todo tipo de ruidos estúpidos, o es su madre natural o aparecerá pronto en los informativos en cuanto descuartice a la señora de la casa para robarle a su familia.
Me siento a su lado y le pregunto cómo se llama el bicharrac...el niño y qué edad tiene. Me ofrece esos datos y otros muchos que olvido sobre la marcha porque en realidad me la suda. Sólo finjo interés el tiempo suficiente como para asegurarme de que esa bola de billar rolliza salió de su coño. Después, cuando me pregunta a mí, me apego bastante a la verdad: no, Amanda no es mía, pero sí, puede que venga uno en camino.
- ¿Cómo es? - pregunto - Lo de ser madre. Y no me vengas con chorradas, quiero la cruda verdad
- Es lo mejor que me ha pasado en la vida - me dice con una sonrisa bobalicona y tanto convencimiento que me hace pensar que es carne de secta - Un regalo, una bendición
- No me jodas - me envalentono - No me trago que sea todo tan chupisuputamadreguay
- Tiene sus malos momentos, por supuesto, pero merece la pena. Cuando veo sonreír a (insertar nombre que os guste, ya os he dicho que no me acuerdo) es la mejor sensación del mundo
Me quedo pensativa, como si la chica fuera un príncipe nigeriano que necesita mi pasta para reconquistar su trono. Pero de verdad que parece creer firmemente sus palabras
- ¿En serio? - digo con genuino asombro - Vaya, eso me hace replantearme todo mi pensamiento. Porque hasta ahora sólo podía centrarme en cómo te cambia el cuerpo y lo que cuesta recuperar la forma después de dar a luz y que aún con todo tu vagina ya jamás será lo que era, y que estando tan hinchada durante el embarazo tu pareja tendrá más tentaciones que nunca de follarse a otras y probablemente acabe haciéndolo mientras tú comes potitos y mierdas nutricionales que suplen ese cigarro y esa copa que ya no puedes saborear. Y que al tener a tu hijo obviamente renuncias a tu carrera y ya jamás te darán un cargo de responsabilidad, a no ser que decidas centrarte completamente en el trabajo, pero entonces será tu hijo quien te odie y te eche en cara que le has abandonado, con lo cual al final intentas compaginar ambas cosas y acabas despedida y con un hijo que te odia igualmente, sin contar con que te quedas sin vida social ni amigos ni hobbies, y luego te salen arrugas, ojeras, estrías y patas de gallo y se te agría el carácter al ver cómo todos tus sueños se esfuman. Y que cuando te quieres dar cuenta ya eres una mujer madura, abandonada por tu marido, ignorada por el resto del género masculino porque tus tetas murieron con la lactancia, mientras que tu retoño, ya talludito, o bien se largó lejos y no llama nunca o está apalancado en casa sangrándote la pasta y convirtiéndote técnicamente en su esclava. Lo admito, eso es lo único que me venía a la cabeza. Pero quizás lo estaba mirando desde un prisma equivocad...
Juro que era una inocente reflexión en voz alta. Sólo quería compartir mis miedos, confiando en escuchar que mis preocupaciones no tienen fundamento. Pero al ver cómo le va cambiando la cara a la chica a medida que voy hablando y el modo en que los ojos se le inyectan en sangre, empiezo a pensar que después de todo quizás no andaba tan equivocada con mi visión de la maternidad.
Me despido y me largo a toda prisa empujando el carrito de Amanda, mientras doy gracias porque la mejor arma arrojadiza de mi interlocutora sea un biberón. Lo peor no es que me mire a mí con odio, a eso ya estoy acostumbrada, sino que le lanza la misma mirada acusatoria a la pobre criatura. Se acabaron los ruiditos y las carantoñas, eso por descontado.
Nota mental: revisar esta semana los periódicos por si aparece la noticia de una madre que ha abandonado a su rechoncho bebé en un contenedor de basura con una nota que ponga "¡eso por intentar joderme la vida, hijo de la gran puta"!
Ya que estoy aquí, decido aprovechar el tiempo y conseguir un poco de información de primera mano. Sé que existe la creencia de que todas las mujeres tenemos instinto maternal, pero es una gilipollez como una catedral. Eso y lo del reloj biológico. Si ya odio los putos despertadores, como para sentirme atraída por una paranoia mental que se supone que me avisa de que ya se acabó lo bueno de la vida y que me toca empezar a pagar mi penitencia por haberme divertido en exceso.
Oteo el horizonte, descarto a las empleadas de hogar de dudosa situación legal y me fijo en una veinteañera que, por el modo en que sonríe mientras coge a un crío diminuto, hundiéndole la nariz en su barriga y haciendo todo tipo de ruidos estúpidos, o es su madre natural o aparecerá pronto en los informativos en cuanto descuartice a la señora de la casa para robarle a su familia.
Me siento a su lado y le pregunto cómo se llama el bicharrac...el niño y qué edad tiene. Me ofrece esos datos y otros muchos que olvido sobre la marcha porque en realidad me la suda. Sólo finjo interés el tiempo suficiente como para asegurarme de que esa bola de billar rolliza salió de su coño. Después, cuando me pregunta a mí, me apego bastante a la verdad: no, Amanda no es mía, pero sí, puede que venga uno en camino.
- ¿Cómo es? - pregunto - Lo de ser madre. Y no me vengas con chorradas, quiero la cruda verdad
- Es lo mejor que me ha pasado en la vida - me dice con una sonrisa bobalicona y tanto convencimiento que me hace pensar que es carne de secta - Un regalo, una bendición
- No me jodas - me envalentono - No me trago que sea todo tan chupisuputamadreguay
- Tiene sus malos momentos, por supuesto, pero merece la pena. Cuando veo sonreír a (insertar nombre que os guste, ya os he dicho que no me acuerdo) es la mejor sensación del mundo
Me quedo pensativa, como si la chica fuera un príncipe nigeriano que necesita mi pasta para reconquistar su trono. Pero de verdad que parece creer firmemente sus palabras
- ¿En serio? - digo con genuino asombro - Vaya, eso me hace replantearme todo mi pensamiento. Porque hasta ahora sólo podía centrarme en cómo te cambia el cuerpo y lo que cuesta recuperar la forma después de dar a luz y que aún con todo tu vagina ya jamás será lo que era, y que estando tan hinchada durante el embarazo tu pareja tendrá más tentaciones que nunca de follarse a otras y probablemente acabe haciéndolo mientras tú comes potitos y mierdas nutricionales que suplen ese cigarro y esa copa que ya no puedes saborear. Y que al tener a tu hijo obviamente renuncias a tu carrera y ya jamás te darán un cargo de responsabilidad, a no ser que decidas centrarte completamente en el trabajo, pero entonces será tu hijo quien te odie y te eche en cara que le has abandonado, con lo cual al final intentas compaginar ambas cosas y acabas despedida y con un hijo que te odia igualmente, sin contar con que te quedas sin vida social ni amigos ni hobbies, y luego te salen arrugas, ojeras, estrías y patas de gallo y se te agría el carácter al ver cómo todos tus sueños se esfuman. Y que cuando te quieres dar cuenta ya eres una mujer madura, abandonada por tu marido, ignorada por el resto del género masculino porque tus tetas murieron con la lactancia, mientras que tu retoño, ya talludito, o bien se largó lejos y no llama nunca o está apalancado en casa sangrándote la pasta y convirtiéndote técnicamente en su esclava. Lo admito, eso es lo único que me venía a la cabeza. Pero quizás lo estaba mirando desde un prisma equivocad...
Juro que era una inocente reflexión en voz alta. Sólo quería compartir mis miedos, confiando en escuchar que mis preocupaciones no tienen fundamento. Pero al ver cómo le va cambiando la cara a la chica a medida que voy hablando y el modo en que los ojos se le inyectan en sangre, empiezo a pensar que después de todo quizás no andaba tan equivocada con mi visión de la maternidad.
Me despido y me largo a toda prisa empujando el carrito de Amanda, mientras doy gracias porque la mejor arma arrojadiza de mi interlocutora sea un biberón. Lo peor no es que me mire a mí con odio, a eso ya estoy acostumbrada, sino que le lanza la misma mirada acusatoria a la pobre criatura. Se acabaron los ruiditos y las carantoñas, eso por descontado.
Nota mental: revisar esta semana los periódicos por si aparece la noticia de una madre que ha abandonado a su rechoncho bebé en un contenedor de basura con una nota que ponga "¡eso por intentar joderme la vida, hijo de la gran puta"!
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