martes, 26 de marzo de 2019

172. Una pequeña alegría

Me despierto pensando en el amor. Esa sensación de absoluta felicidad, de sentir que has encontrado a la persona que te completa y te hace dar gracias sólo por estar vivo. Qué asco, creo que voy a vomitar. Cojo el móvil y escribo a Mario para recordarle que no, no le doy permiso para rehacer su vida con otra mujer.

El caso de Alberto es distinto. Es un buen tío, de los que ya no quedan. Amable, con un corazón de oro... Supongo que por eso no me atrae sexualmente. Es una putada, pero la vida es así. Quizás la gente maja se merece encontrar el amor más que nadie, pero la realidad es que follar, follan poco.

Pero tampoco hace falta ser cruel sin motivos. Teniendo en cuenta que en unos días le perderé de vista para siempre, no me cuesta nada seguir haciéndole creer que estoy colada por sus huesos. Darle una pequeña alegría y que crea que un tipo como él puede conseguir a un pibón como yo.

Eh, en las películas de Hollywood esas gilipolleces funcionan. Si la gente es estúpida y les gusta engañarse a sí mismos pensando que el amor es ciego, no es culpa mía.

Me visto sexy, con unos vaqueros ajustados que me resaltan el culo y una camisa de gasa blanca que transparenta lo más grande  y que dejaría ver perfectamente mi sujetador...si llevara uno. A ver, si hacemos las cosas las hacemos bien.

Alberto es tonto, pero no gilipollas. Cuando me ve, traga saliva y se le marca una erección en los pantalones. Pero como soy una mujer muy discreta (¡ja!) no digo nada, para no avergonzarle. Simplemente me limito a observar cómo se va poniendo más y más rojo, mientras hace esfuerzos por apartar la mirada de mis tetas y luego mirar y luego no mirar y así todo el rato, en bucle.

Que yo me muestre más cariñosa con él que de costumbre y no deje de arrimarme no le ayuda precisamente a dejar de estar empalmado. Sí, está mal por mi parte, lo sé. Pero aunque se diera cuenta de que lo estoy haciendo adrede tampoco estoy segura de que tenga de qué quejarse. He visto torturas mucho más desagradables que el que una tía buena te manosee un poco.

Después de pasar un rato en su casa, decidimos ir a pasear por el parque. Alberto me pregunta si tengo frío y, antes de que pueda contestar, me pone la chaqueta por encima. No nos engañemos, el gesto es caballeroso pero lo hace para que nadie me vea las tetas.

Entonces saco mi mejor vena de actriz dramática y le cuento la historia que tengo preparada. Que han pasado los días pero que mis sentimientos siguen siendo los mismos. Que realmente creo que tenemos futuro. Que es el novio ideal y que creo que será un gran padre para mi hijo. Hay que ver la de mierda que puede salir por mi boca en un tiempo récord cuando me lo propongo.

El pobre es tan parado que dudo que lo plantee, pero por si acaso cree que hoy es el día perfecto para follar, me adelanto y le digo que le tengo reservada una velada muy especial el siguiente domingo, para celebrar mi cumpleaños. Esa es la única verdad que digo, porque en unos días pasaré a tener 31 tacos. Y aunque me muestro vaga con respecto a qué haremos, bueno, si sabe sumar dos y dos creo que entenderá que es un buen momento para ir a la farmacia a por condones.

Para entonces yo ya no estaré ni siquiera en el país, pero eso él no tiene por qué saberlo.

Algunos pensarán que en realidad estoy siendo una bruja, dándole esperanzas en algo que jamás va a suceder. Yo no lo veo así. Creo que estoy haciéndole un hermoso regalo, el de creer que estuvo a punto de...vale, sí, ahora que lo pienso es una cabronada como la copa de un pino. Pero joder, juro que cuando tuve la idea en mi cabeza sonaba mejor. Y ahora que ya he soltado toda esa sarta de mentiras es tarde para desdecirme.

Lo siento, Alberto. Espero que no me odies mucho cuando descubras que de aquí a una semana la única cita que vas a tener será con tu mano derecha.





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