sábado, 2 de marzo de 2019

148. Tablas

Es casi la hora del almuerzo cuando la secretaria (¿Esther? ¿Soraya? La ostia, va a tener razón Raúl con lo de que no me importa una mierda nadie de la oficina) me avisa de que hay alguien en la puerta que pregunta por mí. Grito "soy inocente" antes de percatarme de que no se trata de la policía. Yo qué sé, la costumbre...

Pero no, es mi archienemiga, Bea. Lo primero que pienso es que Alberto le contó lo de ayer y ha venido a tener una pelea de gatas, así que por si las moscas me coloco las llaves entre los nudillos. Nunca he dicho que sea de las que juegan limpio.

Me vuelvo a equivocar. Ni su novio le dijo nada ni ella viene buscando gresca. O eso parece. Ya me la ha jugado un par de veces, así que decido no bajar la guardia hasta que no tenga claro qué coño está pasando. 

- Vengo en son de paz - avisa - Escucha, Tessa, no me caes bien. Creo que eres una hija de puta caprichosa y manipuladora. Y yo no te caigo bien porque...ni zorra idea, quién sabe cómo funciona tu estropeado cerebro lleno de mierda
- Si es algún tipo de disculpa, permite que te diga que las he oído mucho mejores
- Que te follen. No nos tragamos pero es hora de enterrar el hacha de guerra

La miro como si me estuviera hablando en un idioma extranjero de los muy raros. Me cruzo de brazos preguntándome donde está la trampa y frunzo el ceño. Así, como dando a entender que por mi parte todo bien.

Miss Porno 2011 suspira y continúa explicándose.

- Intenté convencer a Alberto de que no te invitara a la boda. Mantenerte lo más alejada posible de él. Pero por algún extraño motivo que jamás seré capaz de entender, eres su debilidad. Me pidió muy serio que nunca le diga nada malo sobre ti. Hasta ese punto le tienes hechizado

Se encoge de hombros, con la mirada triste. Si está fingiendo, que le den el puto Oscar ya.

- Así que ya ves. Ninguna va a poder sacar a la otra de su vida. Lo que significa que es hora de que firmemos las tablas, ¿no te parece? Quiero disfrutar de mi boda sin dedicarle un segundo más a esta estúpida enemistad. Mal que me pese, tendremos que aprender a tolerarnos

Y me tiende la mano. Yo sigo esperando que de repente saque un cuchillo o algo, pero no, es exactamente lo que parece. De modo que, aún descolocada, le ofrezco también la mía. Al menos no intenta abrazarme ni ninguna gilipollez de esas.

Se marcha. Yo me quedo un rato de pie, en silencio, tratando de entender qué cojones ha pasado. Preguntándome por qué me importaba tanto esta guerra en primer lugar. Tratando de averiguar por qué, pese a todo, sigo sin estar del todo contenta con este final.




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