Estoy en un restaurante, a punto de cenar con Alberto, con la vista perdida. Chasquea los dedos frente a mi cara, devolviéndome a la realidad.
- Un euro por tus pensamientos
Pues en realidad estaba pensando en lo bueno que está uno de los camareros y que me encantaría practicarle sexo oral en el lavabo. Pero como no creo que eso sea lo que mi cita quiere escuchar, me invento algo sobre la marcha acerca de mirar al futuro, sentar la cabeza y yo qué coño sé, que no puedo concentrarme por culpa de lo bien que le sienta el uniforme al cabronazo ese.
Alberto se pone serio, lo que no me gusta un pelo. Pienso en cómo hacer que la cobra sea lo menos humillante posible si intenta besarme. Pero no, sigue siendo igual de parado que siempre.
- Tessa, quiero que sepas que lo sé
Suspiro y agacho la cabeza, para que no se dé cuenta de que no tengo ni puta idea de a qué se refiere. Es lo jodido de tener tantos secretos y mentir como una bellaca. Afortunadamente soy una experta en salir airosa de estas situaciones.
- ¿Y qué piensas? - digo, en una respuesta que sirve para cualquier cosa. Le toca mover ficha
- ¿De qué estés embarazada? Pues que me alegro mucho por ti.
¿Pero qué cojones? ¿Cómo lo sab...? Mi madre, por supuesto. Supongo que se hicieron amigos durante el tiempo que estuvo aquí de okupa. O a lo mejor fue en la famosa fiesta. Ni puta idea. Joder, a veces creo que debería prestar un poco más de atención a la gente que me rodea.
No tengo ni idea de lo unidos que están, si se escriben con frecuencia o es que mi madre la cotilla, en el calor del momento, decidió mandar un mensaje a todos sus contactos. Pero como no puedo arriesgarme a que descubran el pastel y me quiten el dinero de la cuenta, pues nada, confirmo la noticia y una mentira más que añadir a la lista. Lo único malo es que eso me obliga a pasar del vino, lo que convierte la velada en una pequeña tortura. Todo sea por la pasta.
Pero esperad, que la cosa mejora. Porque Alberto se ha montado una película en su cabeza de las que dan ganas de comer palomitas y aplaudir al final exigiendo una segunda parte.
- Ahora ya sé por qué estabas tan rara la semana pasada. Te preocupaba lo que pudiera pensar, ¿verdad? Escucha, yo no soy como los otros tíos. No me importa que Raúl sea el padre. Si lo nuestro funciona, te prometo que querré al bebé como si fuera mío.
Di que sí, con dos cojones. Y que lleve las arras cuando nos casemos en la Iglesia. Yo de blanco, por supuesto. Joder, cómo de rápido se viene arriba la gente. Tras escuchar esta sarta de chorradas me vendría muy bien una botella de vino. Pero no, me toca conformarme con una cosa insípida y de sabor extraño que al parecer recibe el pintoresco nombre de agua.
Por un momento temo que la noche se me va a hacer eterna, pero curiosamente no, me lo paso bastante bien. Estar sobria me ayuda a apreciar lo divertido que es el mamón cuando quiere. O cuando le dejo. Además se esfuerza en que lo pase bien. Me trata con escandalosa delicadeza, como si estar embarazada me hubiera vuelto de porcelana y pudiera romperme. Los tíos y sus putas paranoias de caballeros andantes. Pero si eso incluye pagar la cuenta, ¡a por todas, tigre!
Regresamos a casa sobre la media noche. Supongo que me pasa lo contrario que al resto de la humanidad, es decir, que no haber bebido es lo que hace que se me pasen por la cabeza pésimas ideas. Por un momento, apoyados en la puerta de su piso, mientras me está contando una estçupida historia a la que no le estoy haciendo caso, miro al chico y me pregunto por qué no.
Pues porque no y punto.
Nos despedimos con un beso en la mejilla. Entro en casa. Segundos más tarde salgo por la ventana, de manera sigilosa, para que Alberto no se entere. Regreso al restaurante y me follo al camarero. Sed sinceros. ¿De verdad creíais que la noche podía acabar de alguna otra manera?
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