martes, 16 de abril de 2019

193. El robo

Definitivamente lo de emborracharme la noche anterior fue una puta mierda de idea. Una de las peores que he tenido, lo que ya es difícil teniendo en cuenta lo alto que está el listón. Cuando me despierto, la habitación entera me da vueltas y sólo quiero morirme. En ese preciso instante me suda el coño el robo, mi futuro y cualquier cosa que no sea hacer verdaderos esfuerzos para no vomitar hasta mis putos intestinos.

Me tomo toda pastilla que soy capaz de localizar por casa. No puedo asegurar que todas sean medicinas, pero logro sentirme un poco mejor y para mí eso es suficiente. Voy a casa de Tania y recojo a Amanda.

¿La llevo al parque? ¡No, me la llevo a robar a mi amiga! Lo sé, lo sé, la mansión está vacía y podría ir a cualquier hora que me diera la puta gana, pero una parte de mí (me resisto a llamarla la parte sensata, creí que a esa la había eliminado tiempo atrás) decide que, llegado el caso, es la mejor coartada que puedo tener. Nadie con dos dedos de frente arrastraría a un bebé a un acto delictivo como éste. Bueno, en mi caso concreto no creo que a mis conocidos les sorprendiera, pero los polis que lleven la investigación no tienen por qué imaginarse que estoy tan jodidamente tarada.

Llego hasta la entrada y examino las cámaras de seguridad. Una cosa es que sí que me crea que Irene es tan inconsciente como aparenta y otra muy distinta que yo sea gilipollas. A ver si alguno de sus trabajadores con exceso de celo va a haberlas mandado reparar y yo me caigo con todo el equipo por ser subnormal y no fijarme. Pero no, parece que realmente no hay ningún sistema de seguridad que funcione. Tampoco parece haber riesgo de que ningún vecino me vea, entre otras cosas porque mi amiga (¿ex- amiga ya?) compró todas las casas en un radio de un kilómetro para tener intimidad. En definitiva, que el camino está despejado.

Me pongo los guantes, cojo a la niña en brazos y pulso el código de entrada. Sin perder tiempo me dirjio hasta la caja fuerte, pulso el 2-0-0-0, con el corazón latiéndome a mil, pero en un momento de lo más anticlimático no pasa nada salvo lo esperado: que la puta puerta se abre.

Echo un largo vistazo. Hay una bolsa negra de deporte enorme llena de billetes. Con esfuerzo, logro bajarla al suelo y la llevo hasta la puerta de entrada. Regreso, lleno otra bolsa con más fajos de dinero y repito la operación. Eso es todo. No cojo las joyas ni las obras de arte ni ninguna otra mierda. Quizás lo hago porque esas cosas son más difíciles de colocar y prefiero ir a lo fácil. También puede ser porque no quiero desplumar del todo a mi amiga. Siendo sincera no tengo muy claro la verdadera razón. Tampoco quiero pensar demasiado en ello.

Vuelvo a la mesa en la que dejé gateando a la cría mientras transportaba las bolsas. Por un momento estoy tentada de dejar sus huellas, imaginando lo confusos que iban a estar los polis al descubrir que el posible culpable bien podía ser un bebé. Tiene su gracia, pero no tanta, sobre todo si resulta que al final eso de algún modo termina señalándome como responsable, por lo que borro todo rastro de la presencia de Amanda con un pañuelo y me largo.

Antes de salir por la puerta, me paro un segundo. Pienso en la puta adivina. Pienso en la puta Irene y sobre todo en la puta mierda de persona en la que me estoy convirtiendo. Si resulta que la mía es después de todo una historia de redención, ésta es la última oportunidad para tomar ese tren. Respiro hondo. Miro las bolsas, miro a Amanda, miro mi reflejo en el espejo y me pregunto qué coño estoy haciendo. Aún estoy a tiempo de olvidarme de toda esta locura.

Pero no lo hago. El tren de la sensatez pasa de largo. La posibilidad de que no me consideréis una zorra de mierda, también.

Llamo a Héctor, que aparece cinco minutos más tarde en su coche. Mientras cargo el botín en su maletero, él se dedica a romper una ventana y pasar un destornillador por la caja fuerte, como si fuera el instrumento utilizado para forzarla. ¿Se lo tragarán los expertos? ¡Yo qué sé, ni puta idea! Probablemente no, pero a estas alturas ya me da todo un poco igual. 

Antes de dejar el destornillador en el suelo, mi psicólogo se fija en la cantidad de objetos valiosos que aún quedan en la casa. Me mira y yo niego con la cabeza, con cara de muy pocos amigos. Éste es el límite. Sé que el botín es mucho menos que lo que le quitamos a los rusos, y que posiblemente no nos haga jodidamente ricos. Pero diez millones es un muy buen pellizco. Durará lo suficiente hasta que Héctor idee otro plan para estafar a alguien más si eso es lo que le apetece. Ese es su problema, yo no estaré ahí para saberlo.

Se marcha con el dinero. Yo voy con Amanda al parque. En total he estado en la casa menos de 20 minutos, así que a no ser que alguna de las otras niñeras sea una obsesa del tiempo, creo que si alguien pregunta terminarán diciendo que he estado ahí toda la mañana, con lo que estoy a salvo.

A media tarde devuelvo a la pequeña con su madre. Intento aparentar normalidad, pero antes de irme le doy a Amanda un beso muy, muy grande en su carnosa mejilla derecha. Adiós, pequeña cómplice involuntaria. Te echaré de menos.

A las ocho de la tarde acudo al lugar de reunión acordado. Por un momento tengo miedo a que me la hayan jugado dos veces, pero no, resulta que Héctor es un tipo más legal. Está allí e incluso me permite elegir qué bolsa quiero. Me quedo con la negra. Me la da y luego nos miramos fijamente durante unos segundos. Le abrazo. Muy fuerte. Querría decirle algo, pero no me salen las palabras. El día se está empezando a hacer muy largo y yo estoy a punto de derrumbarme.

Pero antes de regresar a casa me queda una última cosa por hacer, que es pasar por casa de Shadow y dejarle el botín. Llevo todo el día pensando si debería decirle que no abra la bolsa bajo ningún concepto, pero en cuando veo al chaval me doy cuenta de que antes se cortaría un pie que hurgar en mis cosas. Intenta ir de malote, pero en el fondo es un alma cándida. Le doy las gracias y me largo antes de echarme a llorar.

Supongo que esto es todo. Un par de días para asegurarme de que no hay ningún problema, ver hacia dónde apunta la investigación, causar un poco más de confusión si es necesario y entonces podré recuperar mi parte y largarme lejos. Donde nadie me conozca. Donde no tengan ni idea de lo hija de puta que puedo llegar a ser.

La vida es una mierda. Al menos mi vida. Hora de volver a beber hasta perder el conocimiento. Lo que sea con tal de no pararme a pensar en lo que acabo de hacer. Me gustaría ser una villana de película, de esas unidimensionales que ríen como locas cuando piensan en sus propios planes. Me gustaría, pero no lo soy. Tendré que aprender a vivir con ello.





No hay comentarios:

Publicar un comentario