Tengo un sueño húmedo que empieza bastante bien, ya que me estoy revolcando en la cama con el Pastor Dan. Pero entonces en la puerta aparece Nico, que me pregunta si me apetecería hacer un trío y yo le digo que ni de coña si no me devuelve antes mi parte del botín. Acto seguido Nico se transforma en la vidente de la feria, advirtiéndome de que voy a tener que tomar una decisión.
Está claro que la cosa ha descarrilado por completo y se está convirtiendo gradualmente en una puta pesadilla, por lo que agradezco mucho que el ruido de un mensaje en el móvil me despierte. Pero cuando veo que es Héctor preguntando si ya tenemos fecha para lo nuestro, ya no estoy segura de si preferiría seguir durmiendo. Puto desesperado.
Casi de inmediato suena el teléfono. Estoy tan convencida de que es mi psicólogo que tengo preparada una buena retahíla de insultos. Suerte que me contengo, porque no es él sino Irene, que necesita mi ayuda urgentemente. Sigo medio dormida, así que no se me ocurre ninguna excusa para quitármela de encima, por lo que no tengo más remedio que quedar con ella a media tarde.
La emergencia, muy en su línea, es que necesita un vestido nuevo para una gala a la que tiene que asistir dentro de dos días en Roma. Y como a veces dudo de que sea capaz incluso de ir al baño sin que alguien la acompañe, y el resto de personas de su círculo resulta que sí que tienen vida personal y cosas que hacer, a diferencia de una servidora, pues eso, que me toca el marrón.
Estamos en el probador de una tienda pija, de esas en las que su conjunto más barato serviría para alimentar a toda la población de Ruanda durante un año. Irene se está probando un conjunto color turquesa tan jodidamente bonito que ya estoy pensando en cuándo voy a cogérselo prestado para usarlo yo. Hasta que caigo en la cuenta de que eso no va a ocurrir nunca.
- Ojalá pudieras venir conmigo - dice casi a voz en grito mientras se desabrocha la cremallera - Son sólo 24 horas, pero sabes que odio tener que coger un avión yo sola
O sea que Irene no estará el jueves en casa.
- ¿Y por qué no le dices a alguno de tus esclavos, perdón, empleados domésticos, que te acompañen? Son tantos que no creo que pase nada porque prescindas de uno
- Ojalá, pero resulta que ahora mismo no tengo absolutamente a nadie en casa. ¿Te puedes creer que existe una cosa que se llama vacaciones a lo que, según dice mi abogado, todos mis trabajadores tienen derecho? Es inaudito. Total, que les he dado a todos la semana libre. Así no me lío con quién está trabajando y quién no
Servicio fuera de servicio. No me lo puedo creer.
- ¿Y César?
- ¿Y César?
- Se va al campo, a pasar el día con tu hermanito. Está muy encoñado - comenta con algo de retintín - Por cierto, cielo, si tienes un momento esta semana, ¿te importaría pasarte por la empresa de seguridad y preguntarles si podrían venir a reparar las cámaras de vigilancia? Llevan estropeadas un par de semanas y me empieza a dar miedo que alguien entre a robar
Propietaria fuera, nadie en casa y cámaras desactivadas. ¿Es una puta broma? Por un momento tengo el convencimiento de que Irene va a sacar la tarjeta de crédito de su bolso y me la va a dar para que pueda robarle sin tener que tomarme la molestia de desplazarme hasta su mansión.
No es capaz de decidirse entre el vestido turquesa y otro amarillo, así que se compra ambos. Y otros cinco más que no terminan de convencerle, pero es sólo para que la encargada no tenga que tomarse la molestia de doblarlos de nuevo y colocarlos en los expositores. Esa es mi chica.
Salimos de la tienda, nos damos dos besos y prometemos vernos el fin de semana. Se marcha en su limusina y yo me quedo sobre la acera, como una idiota, negando con la cabeza. Gracias, adivina de mierda. No sabes cómo te odio.
Me gustaría decir que tengo un grave conflicto conmigo misma que me hace debatirme durante horas. Pero no, el combate apenas dura unos segundos. Después saco el móvil y le escribo a Héctor para decirle que sí, que ya tenemos fecha para el puto robo.
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