sábado, 13 de abril de 2019

190. Cabos sueltos

Resumen de la noche anterior: pillé a mi hermano dándose el lote con César. Que es lo que quería que pasara, pero yo no tuve nada que ver. Básicamente porque no es que mi amigo al final decidiera hacerme el favor, qué va. Los cojones. Al contrario, el muy hijoputa intentó escondérmelo. Al parecer ya le había echado el ojo a Rod, sólo que no quería que yo me apuntara el tanto.

Ah, pero soy una mujer con recursos. Si pensó que el hecho de que fuera lunes, que yo tuviera que trabajar al día siguiente y que ese lugar fuera el bar más gay del universo descartaba cualquier opción de toparse conmigo es que no me conoce tan bien. Si querían evitarme tendrían que haber ido a una iglesia, a un club de lectura o a un cine en el que proyectaran una peli de Katherine Heigl. Pero un lugar con música donde sirven alcohol... ¿En serio?

Por cierto, si ver a Rod revisando las posibles caries de César con la lengua es un indicativo evidente de su recaída en el mundo gay, verme a mí con un whisky en la mano también sirvió para despertar en él fundadas dudas sobre mi embarazo. Optamos por firmar un pacto de no agresión y guardar cada uno el secreto del otro. Total, no es como si ninguna de las dos situaciones tuviera visos de poder perdurar en el tiempo.

Me ha dicho que volverá pronto a casa a intentar explicarle la situación con calma a su ex confiando en que sea razonable y le permita seguir viendo a los niños (encima que le dan la oportunidad de quitarse de encima a esos dos putos mocosos y no quiere aprovecharla. Si cuando digo que mi hermano es subnormal...) pero por ahora se quedará unos días en casa de César. Putos maricas y sus flechazos instantáneos.

Pero no puedo dejar que el pobre Pastor Dan se vuelva a casa así, sin nadie que vaya a despedirlo a la estación de tren. Así que, como buena samaritana que soy, me doy un salto para desearle buen viaje. No para regodearme ni hacer un ridículo baile de la victoria, no seáis malpensados. Eso nunca se me pasaría por la cabeza...

- Enhorabuena, parece que has ganado - dice nada más verme
- Me escandaliza tu frivolidad. Te recuerdo que esto no era una estúpida competición, sino que estamos hablando de la vida de mi hermano. Pero sí, yo diría que he ganado
- Supongo que has venido a cumplir tu promesa y rematarme, ¿no? - pregunta, resignado
- Esa era la idea - admito - Pero en uno de mis habituales cambios de humor he decidido dejarte vivo. No te confundas, no lo hago por bondad...

Ni porque estés bueno. O a lo mejor sí. Joder, Tessa, pues claro que es por eso.

- ...sino porque a veces está bien dejar cabos sueltos. Proyectos para el futuro. Si no tuviera metas elevadas, como verte sufrir miserablemente algún día, la vida sería muy aburrida
- ¿Eso significa que nos volveremos a ver?
- No te quepa la menor duda

Sonríe. Esta vez es él quien se acerca para darme dos besos, pero yo siempre voy un paso por delante, así que le doy un pico en los labios. Me mira sorprendido. Yo me encojo de hombros. No voy a disculparme por ser como soy.

Se escucha el silbato que indica que el tren está a punto de partir. Se sube y se despide con la mano. Yo hago el gesto de cortarle el cuello y le guiño un ojo. Todo muy lógico. Como mi vida.

Me marcho sin mirar atrás. Pero al final me arrepiento y me giro, hasta que el tren desaparece en el horizonte. Es un final, uno de tantos. O no, o yo qué coño sé. Estoy empezando a pensar demasiado, es hora de acallar mi cerebro con algunas cervezas.




No hay comentarios:

Publicar un comentario