jueves, 4 de abril de 2019

181. Promesas, promesas

¿Recuerdan cuando tuve la brillante idea de invitar a mi casa a todo el mundo, incluida la gente a la que detesto, porque estaba segura de que iban a matarme, y luego resultó que seguí viva y la puñetera fiesta me trajo mil quebraderos de cabeza? Bien. ¿Aprendí la lección? Ni de puta coña. 

Porque, dando por hecho que iba a estar ya fuera del país, ¿qué le prometí el otro día a Alberto? Que podría follarme el domingo. ¿Y qué día es hoy? Domingo. ¿He salido del país? Va a ser que no. ¿Y qué está esperando mi vecino y, en su cabeza, novio? Que bailemos el mambo horizontal.

Ni siquiera puedo decirle que me ha venido la regla... ¡porque se supone que estoy embarazada! Joder, jamás pensé que esto de mentir a diestro y siniestro pudiera ser tan estresante.

Tampoco puedo engañarme a mí misma diciéndome que a lo mejor se ha olvidado, porque lo que me despierta es un mensaje de Alberto contándome lo ansioso que está por nuestra cita de hoy. Ostia puta. Pero no puedo echarle la culpa a nadie, yo solita me he metido en la mierda por bocazas.

El problema es que estoy tan agotada mentalmente con el tema del robo que ni siquiera tengo fuerzas para buscar una excusa. Sólo tengo dos opciones: admitir que le engañé al decir que sentía algo por él sólo para poder putear a Bea o hacer de tripas corazón y dejar que me la meta.

Elijo la segunda opción. ¿Por qué? Porque esa zorra tenía razón, haría cualquier cosa con tal de no darle la satisfacción de demostrar que es mejor que yo. No ya a Alberto, me follaría a todo el puto edificio entero, Javier incluido, con tal de salirme con la mía.

Me ducho y me visto sexy. No tanto como para enseñar de nuevo las tetas, pero sí como para que a cualquier tío que me cruce se le caiga la baba. Si vamos a hacerlo, que al menos uno de los dos se lo pase condenadamente bien. Quién sabe, si le excito demasiado quizás eyacule prematuramente y me pueda ir pronto a casa a ver Netflix.

Alberto pasa a recogerme. Me dice lo guapa que estoy y bla bla bla. Estoy a punto de decirle que vayamos al grano y acabemos cuanto antes, pero cuando me dice el nombre del lugar en el que ha reservado mesa, me callo la puta boca. La comida en ese sitio es exquisita, y después del sacrificio que voy a hacer esa noche me merezco al menos una pequeña satisfacción.

Llegamos al restaurante. Pido agua para beber, como una futura buena mamá (o una adicta siguiendo los doce pasos, que es más bien lo que parezco). Pero casi inmediatamente me excuso para ir al baño, aunque en lugar de mear lo que hago es llegar hasta la cocina y obligar al camarero a que ponga vodka en la puta botella de agua. Sé que lo de la apariencia de adicta gana aún más fuerza, pero a tomar por culo.

Así que ahí estoy, hablando y bebiendo y hablando y bebiendo y bebiendo y bebiendo y para cuando me doy cuenta estamos haciendo manitas. Y lo peor es que ni siquiera puedo asegurar que no haya sido yo quien haya dado el primer paso.

Ahora que estoy lo suficientemente borracha como para anestesiar temporalmente mi buen juicio (como si tuviera de eso) me digo que yo me metí en el marrón y que me toca comérmelo, así que me inclino sobre la mesa decidida a dejar que el chico haga realidad su sueño y me meta la lengua hasta la campanilla.

¿Pero qué pasa? Que de repente se lleva la mano a la boca, se disculpa y sale corriendo derecho al baño. Al principio lo achaco a los nervios (no me puedo creer que sea tan patético), pero después de diez minutos empiezo a pensar que a lo mejor es otra cosa.

Efectivamente. Se llama intoxicación alimentaria porque el chef que está hoy en la cocina es un puto inútil integral. Alberto echa hasta la primera papilla. Y allí estoy yo, agachada a su lado, sujetándole la cabeza mientras vomita e intentando ocultar la amplia sonrisa de mi rostro.

Tras un buen rato logro arrastrarlo hasta un taxi. Me pide disculpas por todo y parece a punto de llorar por haberme jodido una noche tan especial. Le digo que no se preocupe, que estas cosas pasan. Es sólo un pequeño aplazamiento.

Nota mental: dejarme de mierdas y adelantar cuanto antes lo de Irene.

El maitre se acerca hasta mí sudando. Pierdo la cuenta de la de veces que la palabra "perdón" sale de su boca. Nos hace un vale para cenar lo que queramos el día que elijamos. En un acto que le honra, incluso asegura que lo entenderá si pido la hoja de reclamaciones. Supongo que por eso le sorprende tanto que, lejos de mostrarme enfadada, termine dejando una considerable propina.

Qué puedo decir. En mi opinión ha sido una cena perfecta. Mejor de lo que hubiera podido imaginar.






No hay comentarios:

Publicar un comentario